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domingo, 20 de abril de 2014

¿SINCERIDAD EN EL DIÁLOGO?


Escribo esta nota el Domingo de Resurrección, día en que Cristo, quien pasó por el mundo haciendo el bien, venció a la muerte y a las tinieblas, y al resucitar nos abrió el camino hacia la luz y la vida eterna.

La crisis política por la cual atraviesa Venezuela en el momento actual, es la más grave después de los acontecimientos de los años 2001 a 2003. Hay un cambio importante de protagonismos, pues ahora predomina la voz de una generación de jóvenes que protestan en legítima defensa de su futuro, y ya no solo del liderazgo tradicional de los partidos o de los movimientos sindical o gremial, como también de las regiones, especialmente el Estado Táchira. 

Como doloroso saldo de más de dos meses de confrontación se registra medio centenar de muertos, y un número mucho mayor de heridos, detenidos y torturados, producto de la represión oficialista, ejecutada por la Guardia Nacional y por las fuerzas paramilitares armadas y auspiciadas por el gobierno.

El régimen se ha visto forzado a instancias de la comunidad internacional, más que por sus propias convicciones, a abrir un diálogo con las fuerzas opositoras representadas en la Mesa de la Unidad Democrática. Para quienes condenan las protestas juveniles, la primera pregunta que cabe es: ¿Habría sido posible este paso, si el gobierno no se hubiese visto forzado por las manifestaciones, a ofrecer un diálogo, al menos de apariencias? ¿No nos muestra la experiencia vivida que el régimen solo reacciona –aunque engañosamente- cuando percibe un riesgo visible a la gobernabilidad, o cuando la opinión pública internacional le es adversa? ¿En otras circunstancias habría sido viable una cadena nacional de radio y televisión para escuchar a voceros de la otra mitad del país?

Más allá de los deseos, pues la mayoría de los venezolanos creemos en medios pacíficos para la solución de los conflictos, es importante evaluar si existe voluntad de rectificación por parte del gobierno. En lo inmediato, sin sorprendernos, hemos escuchado al copresidente Diosdado Cabello, nuevo líder del ala radical del régimen, manifestar que no está planteada negociación alguna sobre el modelo de gobierno, sino tan solo escuchar a la oposición y, sin decirlo, que se desmonten las protestas. Así, en simultáneo con las primeras reuniones celebradas, se lanzaron duras descalificaciones contra Henrique Capriles, Leopoldo López, María Corina Machado y otros dirigentes, y se negó la posibilidad de amnistía o indulto a los presos, perseguidos o exiliados políticos.

Si algo es consustancial a una negociación entre fuerzas antagónicas en medio de una crisis, es abrir el juego a posibilidades de cambio, es especial del factor generador de la crisis. Así lo demuestran experiencias históricas como la paz en Irlanda del Norte, el desmonte del apartheid en Sudáfrica, las guerras en Centroamérica, la negociación con las FARC en La Habana, o las transiciones políticas en España y Chile.

En el caso venezolano, hay que recordar experiencias vividas en estos largos 16 años del régimen en el poder, en los cuales nunca ha existido disposición para reconocer a la otra parte como adversarios sino como enemigos políticos, ni vestigio alguno de intento de aglutinar a la nación y gobernar para ella, sino fracturar, dividir e imponer, salvo que la oposición acepte subordinarse. Lo demuestra así la falta de concertación en la redacción de la Constitución de 1999 en el  seno de la Asamblea Nacional Constituyente, y en los hechos posteriores a su aprobación, pues entre una Constitución y otra se vulneró la nueva Carta Magna en cuanto a la integración de los Poderes Públicos, para conculcar su independencia y someterlos al Poder Ejecutivo.

Más tarde, viví desde la Presidencia de Fedecámaras en 2001, un frustrado intento de diálogo, cuando de manera genuina y persistente plantee al Presidente Chávez la necesidad de abrir espacios de debate, más allá de las diferencias, lo cual habría permitido un enfoque más inclusivo, y hasta importantes cambios de orientación, sin llegar a la confrontación. Pero el resultado fue de imagen, al aceptarse constituir un grupo de trabajo que presidió el Ministro Giordani, pues al final se impusieron los 48 Decretos Leyes mediante Ley Habilitante en noviembre de 2001, lo cual llevó a la ruptura de dicho acercamiento, y al primer paro nacional que me correspondió liderar en diciembre de 2001.

Igual pasó con el tenaz intento de diálogo respecto del futuro de PDVSA y al rechazo a su politización en el 2002, factor clave en el desencadenamiento de la crisis política de abril de ese año. Y así podríamos seguir enumerando, sin olvidar el fracaso de la mesa de diálogo abierta tras la crisis del 11 de abril, y del intento de concertación política de 2004, en el cual sirvió de facilitador el Secretario General de la OEA César Gaviria, bien reseñado por el columnista Carlos Blanco en su entrega del 20 de abril de 2014.

Es obvio que todo diálogo entre contendores plantea condiciones, pues lo contrario sería una aceptación sumisa de reglas impuestas por la otra parte. En el momento actual, para generar bases de confianza, es necesaria la inclusión en la mesa de otros grupos opositores, en especial los estudiantes; la liberación de los presos políticos; el cese de la represión; el desarme de los colectivos y la incautación de armas en manos de la población; el reconocimiento del derecho a la protesta; la designación de los integrantes del Poder Público con períodos vencidos conforme a las previsiones constitucionales; la restitución de Alcaldes y Parlamentarios destituidos ilegítimamente; un compromiso serio de lucha contra la inseguridad y la corrupción; el cese del acoso a la iniciativa privada; el respeto a la libertad de expresión,  con límites a la hegemonía informativa del Estado; la asignación de recursos a las Universidades públicas, hoy asfixiadas presupuestariamente; la independencia del Poder Judicial; la garantía de elecciones limpias, con equidad; el cese de la ideologización de la educación primaria y secundaria; la “descubanización” de la nación, y rectificaciones que impidan la inminente bancarrota económica del Estado.

En fin, cambios que permitan un reencuentro nacional y abran el camino a un futuro de paz y progreso, y que contengan la grave diáspora que descapitaliza al país de lo mejor de su talento humano, como consecuencia de la frustración, la falta de oportunidades, y el empobrecimiento de la clase media.

Está pues por demostrarse si en esta oportunidad se darán condiciones para un diálogo sincero, y en ello, el gobierno tiene la palabra. Las experiencias del pasado obligan a estar alerta para no caer en el juego de la ya conocida táctica oficialista de propiciar diálogos para desmovilizar a la oposición, hacer creer al mundo que se han resuelto los problemas, y luego, alcanzados sus objetivos, salirse con las suyas con promesas incumplidas, aunque la verdad sea dicha, no se ha hecho ninguna en el presente, como no sean las consuetudinarias e implacables amenazas contra la disidencia.

 



"Para la verdad, el tiempo; para la justicia Dios"

"EL 11A FUE UNA OPORTUNIDAD PERDIDA": ENTREVISTA HECHA POR SEBASTIANA BARRAEZ EN EL SEMANARIO QUINTO DÍA, A LOS 12 AÑOS DE LA CRISIS DE ABRIL



El 11A fue una oportunidad perdida

Por: Sebastiana Barráez Pérez
Edición 898 - QUINTO DÍA, 11/04/14

Carmona y por qué cayó el gobierno que sucedió a Chávez

En exclusiva para Quinto Día, dice que “la FANB ha cohonestado la mayor entrega de soberanía de la historia patria, a manos del régimen cubano, que es quien gobierna a Venezuela”

barraezsebastiana@gmail.com

Es  larense y siendo presidente de Fedecámaras era conocido como un hombre tranquilo, gentil y sin extremismos. Quizás por eso a algunos les cuesta ubicarlo a la cabeza del golpe de Estado del 11 de Abril 2002, que sacó a Hugo Chávez del poder por algunas horas. Vive en Colombia asilado. Allí da clases en la universidad y está enterado de lo que sucede en Venezuela a cada minuto. Él es Pedro Francisco Carmona Estanga.

A veces, cuando lo he visitado en Bogotá, hablamos largo rato sobre aquellos días de abril, sobre los cuales hay tanto por saber. Cuenta que como presidente de la máxima empresarial, le tendió puentes a Chávez para el diálogo, pero resultó infructuoso. “Ellos –Chávez, Maduro-no desean pasar a la Historia como estadistas, que dialogan y conciertan, sino como revolucionarios que imponen su voluntad y no reconocen la existencia de más de una mitad del país que disiente, sino que la consideran un enemigo al cual hay que vencer y destruir”.

Destaca que aquel 11A los únicos que tuvieron contacto con Chávez fueron militares, y al final, dos testigos civiles: Monseñores Baltasar Porras y Azuaje.

Niega tajantemente que haya sido una manifestación popular lo que determinó el regreso de Chávez a la presidencia. Lo justifica como una crisis política y militar, que no permitió que el gobierno provisional se consolidara.

Recuerda que uno de los principales problemas para que se consolidara el interinato fue que parte importante del estamento castrense consideró que a Chávez no se le permitiera salir a Cuba, porque debía ser juzgado. Carmona dice que a las pocas horas, Chávez negaba la renuncia en un fax que logró transmitir desde Turiamo, además del grupo que comandó el General Raúl Isaías Baduel, factor determinante al final de la crisis.

¿A 12 años del 11 de aquel abril, cree que valió la pena todo el episodio en el que usted participó?

Hay tres cosas en la vida que no tienen reversa: la palabra dicha, la flecha lanzada y la oportunidad perdida. El 11A fue, sin duda, una oportunidad perdida para modificar el equívoco rumbo de un  régimen que ha culminado, en el presente, en el totalitarismo y la bancarrota. El objetivo era llamar de inmediato a un proceso electoral limpio, en el cual el pueblo, depositario del poder constituyente originario, tuviera la última palabra respecto de la transición y el futuro político del país.

¿Se arrepiente?

A pesar de las incomprensiones, no me arrepiento de haber dado un paso adelante para tratar de salvar a Venezuela de la descomunal tragedia en que se encuentra sumida. Así tenemos que ver el pasado, a 12 años de distancia, y no como suelen hacerlo el gobierno y algunos detractores, tratando de colocar en el 11 de Abril el centro de los males que hoy se viven, cuando en realidad se pretendía evitarlos mediante vías democráticas. Ha habido especial esmero en reescribir la historia y enlodar a quienes nos jugarnos el pellejo en aquellas difíciles circunstancias.

¿Qué siente hoy, luego de tantos años de estar lejos de su patria, asilado en  otras tierras?

No pienso en mí, pese a que, a mis años de vida, jamás habría imaginado vivir en el exilio. Pienso más en la destrucción provocada por un régimen corrupto, inepto e ideológicamente fanatizado, que ha sembrado profundas divisiones, odios y lucha de clase entre los venezolanos, que ha acabado con las instituciones y ha cumplido una misión casi imposible: la de derruir la economía venezolana, pese a su potencial y riqueza. Venezuela debería estar a la vanguardia de América Latina, y da dolor verla en el ranking de los países de peor desempeño del mundo.

¿Tan mal la ve?

Sin duda. Duele además ver la creciente diáspora de venezolanos en el exterior, buscando oportunidades o alejándose del ambiente de inseguridad, anarquía y represión en que está envuelta nuestra sufrida patria. Todo ello hace más duro el alejamiento de la patria, cosa que el régimen se empeña en hacer sentir con más saña, pues ni siquiera otorga documentos de identidad a quienes tenemos la condición de asilados, pese a que se trata de un derecho inalienable de los venezolanos.

Aquella acción, en lugar de acabar con la revolución bolivariana, parece que la asentó por más de una década.

Asumo responsablemente mis ejecutorias, no ajenas a errores u omisiones, y veo que, contrariamente al sentido de su pregunta, que muchos deberían reflexionar sobre si de haberse consolidado el breve gobierno provisional que encabecé, se habría evitado la larga noche y las pesadillas que estamos viviendo, pues el país habría retomado sobre bases sensatas y de alternabilidad, de la mano de los gobiernos democráticos que hubieren sido electos, un camino de prosperidad, paz y progreso, como realmente se lo merece.

¿Los años pasan y sin duda que usted debe recordar algunos hechos con más claridad que otros, podría decirnos qué sucedió en aquella famosa reunión efectuada en Venevisión?

Mejor consulte a su anfitrión, el señor Gustavo Cisneros, pues no permanecí en ella hasta el final.

¿Se considera un golpista?

No. Pese a la reescritura de la Historia, soy un hombre de profundas convicciones democráticas, y mi espíritu ha sido, a lo largo de mi vida, amplio, tolerante y proclive al respeto al adversario, y a propiciar encuentros y entendimientos. El 11A hubo un vacío de poder que trató de ser llenado por un gobierno provisional que no habría estado en ejercicio más de seis meses, tras convocar a dos procesos electorales. Y para quienes todavía me atribuyen ambiciones personales, debo recordarles que a pedido explícito de mi parte, se incluyó en el Decreto de formación del gobierno provisional una disposición que impedía que pudiera aspirar a cualquier cargo de elección popular.

¿Cómo ve el país hoy cuando se cumplen 12 años del 11A?

Como ya mencioné, veo al país sumido en una profunda crisis económica, política y social, cubanizado, actuando con una brutal capacidad de represión contra los estudiantes que luchan por defender su futuro, defenestrando diputados y alcaldes, apresando opositores, torturando y violando derechos humanos en forma flagrante y sin escrúpulos. De otra parte, el pésimo manejo económico ha llegado a límites inexplicables.

¿Cree como algunos que es intencional o sólo es mala política?

He llegado a la conclusión de que no es concebible tanta torpeza, y que por lo tanto lo que el régimen propicia es la pauperización de la clase media y la liquidación de la iniciativa privada, para encontrar allí el terreno abonado para la plena implantación del castrocomunismo, dentro de la más pura dialéctica marxista. Los daños, pues son inconmensurables.

¿Doctor Carmona usted no cree que hubo mucha apetencia de poder y que los militares estaban dispuestos a quedarse con ese privilegio?

Jamás lo habría permitido. El compromiso era salir rápido del poder y enrumbar a la nación en un camino de libertades, paz y progreso. Además, sin haber conocido en profundidad a muchos actores castrenses que se rebelaron el 11A, no dudo de la prevalencia de un espíritu democrático en la  totalidad de ellos. Vergüenza da ahora un estamento militar mayoritario indigno, que ha convertido a la institución en un partido político armado, al servicio de una causa política, y que ha cohonestado la mayor entrega de soberanía de la historia patria, a manos del régimen cubano, que es quien gobierna al país en todos sus elementos estratégicos.



"Para la verdad, el tiempo; para la justicia Dios"